No sabía porqué pero su mente se estaba llenando de recuerdos.
Qué feliz soy. Qué suerte tengo de ser yo quien lleva cuatro horas en el quirófano.
Por alguna razón que desconocía aparecían, como fotogramas, escenas que componían un proyecto de vida.
Aquella sonrisa infinita tras invitarla a una copa. Las noches enteras hablando por teléfono, sin hablar. La impuntualidad de él, que tanto le irritaba y que al final aprendió a llevar mientras rellenaba crucigramas en cualquier esquina de la ciudad que los había visto enamorarse. Enamorarse. Enfadarse. Llorarse. Como cuando ella le confesó que estaba embarazada y no pararon de llorar mientras hacían el amor susurrándose sin parar –Te amo, te amo, te amo-.
La vida juntos era una rutina deliciosa. El olor a comida de los domingos. Los viajes juntos. Las anécdotas. Como aquel verano que perdieron las maletas en el aeropuerto de Latakia y se pasaron los quince días con pareos de seda. Cada vez que veian las fotos se morían de la risa. La risa. Su risa. Eso fue lo que le enamoró de ella. No podría vivir sin aquella dulce banda sonora. No. No. No.
Qué feliz soy. Qué suerte tengo de ser yo quien lleva cuatro horas en el quirófano.