domingo, 5 de febrero de 2017

Yo estoy a favor de la discriminación


Soy una mujer blanca, española, de 39 años y de clase media. Estas son algunas de mis etiquetas con las que poder discriminarme ¿Para qué sirven si no las clasificaciones sociales más que para satisfacer la antropológica necesidad de pertenencia “al grupo” y poder discriminar a los miembros de otros grupos diferentes al nuestro?

Pues bien, dicho esto insisto en mi condición de española, porque nací en España, país en el que resido, lo que me convierte en un miembro más de los 46.468.102 de habitantes que componen la población española, de los cuales el 9,27 % son de nacionalidad extranjera. Esto significa que en mi país (*) hay ciudadanos de diferentes etnias (**). Una realidad incuestionable más allá de los números, pues en nuestro día a día, compramos en “los chinos”, saludamos al vecino “moro”, nos comemos un dürüm en un “paki” e incluso tenemos alguna amiga que se tira a un negro, de tanto en tanto. Con todo este mestizaje cultural cuesta creer que aún seamos tan estúpidos e ignorantes como para atrevernos a discriminar a todas esas personas, solo porque un día tomaron la decisión de renunciar a su familia, sus amigos y sus costumbres, en busca de una vida mejor en España. Un vida mejor sirviendo a los españoles. Limpiando nuestros hogares, cuidando de nuestros hijos, construyendo nuestras casas o recogiendo el fruto de nuestra agricultura, por el módico precio de unos pocos euros, nuestro desprecio y en algunos honrosos casos, hasta un contrato de trabajo. Pero la cosa no acaba aquí, nuestra capacidad discriminatoria es tan amplia que podemos discriminarnos también entre nosotros. Sí, sí, entre nosotros, apelando al idioma.

España no es solo un país donde el buen clima permite tomar cañas y tapas en las terrazas, durante gran parte del año, es también un país rico culturalmente hablando en el que existe, según la constitución española, cinco idiomas oficiales: el catalán, el valenciano, el gallego, el euskera y el castellano. Pues bien, esta riqueza cultural, lejos de ser algo positivo que potenciar, es una fabulosa excusa para crear barreras culturales, sociales y políticas. Lo que gracias al buen uso por parte de políticos y medios de comunicación e información hace que la población española se divida, creando subgrupos minoritarios a los que poder discriminar libremente.

A pesar de toda esta discriminación, España también es un país tolerante y solidario por lo que se crean asociaciones y campañas publicitarias para fomentar la “integración” que no la inclusión, de las minorías étnicas. Esto nos permite que en el día a día podamos utilizar nuestro derecho constitucional de la libertad de expresión, llamando sudacas a los sudamericanos y moros de mierda a los marroquíes o árabe parlantes. Porque en España somos muy de respetar los derechos, eso sí, bajo un gran manto de hipocresía, porque nuestro respeto y nuestra tolerancia hacia los inmigrantes no es más que una puta mentira y eso se ve en el mayor espejo de nuestra sociedad: la televisión.

La televisión es el fiel reflejo de un pueblo. En ella se muestran las costumbres, la actualidad, la cultura de su gente, pero… ¿qué pasa en nuestra televisión? ¿qué se muestra en ella? Si viniera un extraterrestre, se sentará delante de un televisor con un mando a distancia y viera la programación semanal de la televisión española (publica y privada) su conclusión sería que en España viven únicamente personas blancas que hablan un único idioma, el español. Dicho de otro modo vería algo por lo que un tan Adolfo, hace unos pocos años, en Alemania, mató a unos cuantos judíos. Vería a un país de “raza pura”, un país única y exclusivamente de españoles. Una desafortunada mentira, porque como he dicho anteriormente aquí, en España, vivimos personas de diferentes países, de diferentes etnias y de diferentes religiones y eso se debe transmitir es nuestra televisión.

Acabar con la discriminación étnica no solo es posible, es una obligación humana y para ello hay que dejar de hablar de minorías y comportarnos como una gran mayoría de seres humanos que vive y comparte una extensión geográfica, que se llama España, que forma parte de un continente llamado Europa, que está en un planeta llamado Tierra.

Existe una analogía que mide la creación de la tierra con un calendario anual, el calendario cósmico, según el cual el primer homo sapiens apareció a las 23:59 h y 46 segundos del 31 de diciembre, lo que me plantea la siguiente pregunta: ¿Qué coño nos creemos las personas si somos tan insignificantes dentro de este mundo que ni tan siquiera es nuestro?

Por esta razón aprovecho para gritar que yo estoy a favor de la discriminación y discrimino a diario a los corruptos, a los ladrones, a los delincuentes, a los soberbios, a los racistas, a los orgullosos, a los clasistas y a los políticos (todos). Lo hago sí, y lo hago porque me dan asco, me repugnan todos y cada uno de ellos y quiero que quede constancia de ello: Yo estoy a favor de la discriminación de los que discriminan.



(*) En este caso el pronombre posesivo mi no es más que un recurso obligado de sintaxis para referirme al lugar geográfico de mi nacimiento, porque España no es mío, yo no lo he comprado como no lo ha hecho ningún español puesto que los países no se compran, por lo tanto no son propiedad de nadie.

(**) Pese a que la Real Academia Española se empeñe en diferenciar a los seres humanos en razas, científicamente hablando la única raza existente entre los humanos es la humana. Para referirnos a personas de rasgos físicos diferentes, relativos a su origen geográfico debemos emplear la palabra etnia.

2 comentarios:

Yaumeth dijo...

Pues a mi, desde el cariño, este post del 2017 me ha parecido un poco flojillo. A ver si el del 2018, ya tan cerca de la cuarentena por edad, y con las tormentas tronando por fin cada vez más lejos,retoma aquel hijoputismo tan elegante.
Un abrazo.

nasty dijo...

Meridianeamente claro.......
Pero porfa desploqueame del twitter en UHDPCC.....que yo creo que no dije na para eso.....