Sucede que al nacer cada individuo lleva impreso parte de su futuro. No se trata de genes ni de cualidades innatas, sino más bien de quien le espera fuera, de lo que la vida le otorga de forma natural, así, sin preguntar, sin hacer nada más que llegar.
Es casi como un juego en el que de forma azarosa cada uno nace con una serie de puntos, no hay una regla para esto, ni un baremo, ni un límite, pero de los puntos que se otorgan dependerá el resto del juego.
Así mismo puede suceder que el individuo A nazca con cien puntos, porque su padre era un hombre sano, su madre se cuidó mucho en el embarazo y él ha nacido lleno de salud, por otro lado es un bebé muy esperado y tendrá a toda una familia deseosa de cuidar de su optimo crecimiento, además de haber nacido en un país libre. En cambio el individuo B ha nacido fruto de una violación a una mujer de veintitrés años que caminaba por la calle, no muy despejada, tras comprar al camello de turno su dosis diaria de heroína. Ésta que jamás pensó ser madre soltera asume con resignación un embarazo que no consigue liberarla de su adicción. El individuo B, ha nacido con menos cien puntos y esto supondrá un retraso que tendrá que superar a lo largo del juego.
Puede suceder que el individuo A pierda puntos de manera descontrolada y se iguale al B, o que el individuo B gane puntos e iguale o supere al A. En cualquier caso, siempre habrá una gran desventaja del segundo respecto al primero y eso se traducirá en una carga que hará mucho más difícil el juego de vivir. Aunque el premio no estará nunca garantizado para ninguno de los dos, porque el ganador será el que más momentos de felicidad haya tenido, y esto no depende de los puntos.