jueves, 21 de febrero de 2013

Tardes con Teresa, noches con Vanessa.

Este es el nombre de un proyecto, de una ilusión que jamás fue, que jamás será*.

Las circunstancias de la vida nos llevaron, a ambas, a terminar en un sitio que jamás hubiéramos escogido. Lejos, muy lejos de nuestro potencial humano. Esto nos llevó a convertirnos en soldados de un ejército que hizo de su lucha un íntimo código de comunicación, con el que trazar la estrategia sin derramar gota de sangre.

Nos hirieron en varias ocasiones durante nuestras batallas, pero siempre conseguíamos la Victoria. Brevísima Victoria.

Compartíamos el peso de la mochila, a veces la llevaba ella, otras tantas yo y así la guerra parecía más fácil, llegamos a creer, incluso, que la podríamos ganar. Pero un día una bala del enemigo me alcanzó y Teresa, enferma de miedo, no fue capaz de hacer nada. Nada, salvo pasarse al bando del enemigo.

Pude observar, mientras mi cuerpo se desvanecía, su gélida mirada.


*Aún así. Te doy las gracias por los macarons en el hospital, por soportar mis lunes, por las cafés de “no puedo más”, por confesarme que apenas habías tocado testículos y por ser mi chica de ayer.

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