jueves 21 de enero de 2010

La Última Vez

La última vez que viste a tu mejor amigo del colegio. La última vez que estuviste en aquel bar, de aquel país asiático. La última vez que saboreaste aquel licor. La última vez que te besó…

A diario nacen y mueren situaciones que jamás volverán a repetirse, pero la inconsciencia de ello hace que no se viva en una constante y dramática despedida.

En cambio, otras veces. Otras tantísimas veces, si somos conscientes de que “esa” será la última vez. Y vivimos la angustia del preludio, tratando de aferrarnos a las sensaciones para transformarlas en detalladísimos recuerdos que deformaremos con el tiempo a nuestro antojo, para ser menos infelices. Para inventar, al menos, el pasado.
No obstante, sucede también que la consciencia de la última vez, si ésta es previamente decidida, puede ser gratificante. Como cuando el preso vive despierto la noche previa a su liberación, porque su última vez es el comienzo de una vida sin contar los días.

sábado 2 de enero de 2010

Recuerdos Perennes

Aún recuerdo la sensación de su lengua entrando en mi boca, apoyada contra la librería de su salón, mientras que por la entreabierta puerta del comedor podía ver como su mujer preparaba la cena. Tampoco puedo olvidar el momento en que su mano subía mi falda y manoseaba mis nalgas mientras susurraba: -Yo sé qué te gusta-. Ni he olvidado su habilidad para quedarse a solas conmigo.

Hay sensaciones imborrables en la vida. En la vida, entera. Como el asco que me daba cada vez que se me acercaba. Las nauseas que me venían al verle aparecer. Lo sucia que me sentía. El pánico cuando sonaba el timbre de la puerta y estaba sola en casa. El miedo al salir y encontrármele en la escalera. La inexplicable culpabilidad. La angustia de no poder contarlo, ya que nadie hubiera creído que aquel señor, tan respetable, estaba abusando de una niña de diez años.