viernes 23 de octubre de 2009

La Cena Familiar

He de reconocer que siempre he sido muy reservada a la hora de hablar de mi familia, pero hay ocasiones en las que no queda más remedio que darle cierto protagonismo.

Hacía casi un año que salíamos juntos. Él era un tipo conservador y yo, yo estaba enamorada. Su condición de muchacho de bien y de buena familia, fue la principal razón de que meses antes organizara un encuentro oficial con toda su familia en el que me presentó como su futura esposa. Yo me sentí muy feliz. Así que tras eludir en varias ocasiones sus insistentes peticiones de conocer a la mía, le propuse una cena en casa de mis padres.

Fue durante una noche del recién estrenado otoño del noventa y nueve. Yo misma me encargué de la elección del menú, de la disposición de la mesa y de que no faltara ninguno de los miembros invitados de mi familia.

A las nueve menos cinco sonó el estridente timbre de la puerta. Era él, visiblemente tenso, pero emocionado. Se había puesto la camisa de seda que le regalé en su último cumpleaños. Estaba especialmente guapo aquella noche.
Le hice pasar para hacerle un breve recorrido por la casa antes de llevarle hasta el lugar que ocuparía en la mesa, con la intención de que se relajara y comenzara a sentirse cómodo. Después de ver mi dormitorio nos dirigimos al comedor. Allí nos esperaban todos. El silencio se hizo en la sala cuando entramos, así que comencé a hablar yo para destensar la situación. Él parecía algo sorprendido. Yo me limité a servir la cena, asegurándome de que todo fuera del agrado de todos, eso sí, sin dejar de hablar ni un solo momento.
De primero tomamos crema de verduras del tiempo al queso azul, de segundo una deliciosa merluza con guarnición de ostras escandinavas y de postre las típicas natillas caseras de mamá, con canela y menta. Él parecía entusiasmado con el menú aunque no hacía ningún comentario.
Una vez habíamos terminado le pregunté si querría café, en mi familia era costumbre tomarlo siempre después de cenar. Pero él dijo sentirse indispuesto, se disculpó y se marchó, no sin antes darme un estremecedor abrazo mientras me susurraba -¿por qué no ha venido tu familia, a qué estás jugando? Entre lágrimas le respondí que aquella era mi familia.

lunes 12 de octubre de 2009

Ella

Ella me está rondando. No se atreve a acercarse, pero no se marcha. Me vigila, me persigue, está atenta a cada uno de mis pasos. Pero no me mira a los ojos. No sé exactamente qué quiere de mí. No sé si es a mí a quien desea o sólo pretende recordarme que existe. Pero sigilosa aparece a cada instante, en que yo intento olvidarla.
No me atrevo a hablar de ella, no me atrevo a desafiarla, pero no me da miedo que me ronde. Sé que no se irá. Sin necesidad de hablar con ella, sé que me ofrece la paz eterna.
Se ha instalado en mi vida. Manteniendo una cierta distancia trata de seducirme. Es oscura y hermosa, pero no la deseo. Hay quien le teme, quién intenta evitarla, pero tarde o temprano todos se rinden a su belleza. Yo no sé por cuanto tiempo me resistiré a sus encantos, ni tampoco qué pasaría si me abandonara a sus deseos, pero poco se puede hacer, cuando te está rondando la Muerte.

viernes 2 de octubre de 2009

Te detesto

Con amor:
a casi todos los seres
que me cruzo a diario.




Hace tiempo que te lo quería decir, pero por circunstancias que seguramente no vienen al caso he estado un poco desconectada, pero que sepas y tengas en cuenta que te detesto.
Te desteto por tu estúpida forma de relacionarte con los demás, por el rol que ocupas en tu miserable círculo de seres parecidos a ti. Por como vives cada día consumiendo cualquier cosa que dan por el electrodoméstico más importante de tu horripilante casa: la televisión. Detesto que te atrevas a recomendarme algún libro, porque es uno más que debo eliminar de mi lista de “pendientes”. Lo mismo sucede con el cine. La música. Te detesto. Te desteto tanto, que compartir mesa contigo elimina mi voraz apetito. Desteto tu vulgar forma de expresarte, tus ademanes, el muro de tu mirada. Tu forma de interpretar las telas que te visten. Desteto tu desidia, tu rutina, tu falta de coraje ante lo mal que te trata la vida. Desteto la inercia que domina tu cotidianidad, que confundas la tranquilidad con el aburrimiento. Te detesto por tu bandera: la ignorancia, aunque aún así opines de todo. Pero lo que más desteto es que pienses que cuando me río, lo hago contigo.