Descontextualizando Emociones

Vivir con una inminente fecha de caducidad es una sensación bastante rara. Difícil de asumir. Las emociones entran a borbotones en cada suspiro y no se canalizan, viven desordenadas dentro de este cuerpo del que ya no soy la dueña. Y van tomando protagonismo sin ningún criterio.

Todo ha cambiado de repente. Algunas cosas ya no importan nada y otras importan demasiado. Hago planes, pero no veo el futuro. No vivo, absorbo vida.
Y a pesar de todo, las cosas no han podido ir mejor. Me han regalado los mejores hombros para llorar, los más mullidos cojines en los que descansar, decenas de horas para hablar y una infinita caja de vida a la que asomarme para no olvidar las razones por las que quedarme.

Será el día dos de julio a las ocho de la mañana. Cinco horas después, un riñón menos y una herida más, sabremos qué es lo que pasa.