Y te levantas por la mañana, y desayunas una tostada con miel y virutas de ginseng con un zumo de mandarina y un café con leche.
Y te das una ducha con gel de coco, y te recreas con el agua caliente y te secas con las toallas que aún huelen a recién lavadas y te vistes y te peinas, y te miras al espejo y te enamoras de ti.
Y sales a la calle y cruzas con el muñeco del semáforo en rojo y te encuentras con ese alguien que te despierta un no se qué y te saluda y te da dos besos con sabor a poco y te vas y sonríes.
Y llegas a tu trabajo y te dan los buenos días, te recuerdan la reunión de la una y que ha llamado un tal Sr. Martín que espera impaciente tu llamada. Y le llamas, y te dice exactamente lo que hacía meses esperabas oír de su viva voz. Y te paseas por la oficina con un café descafetado que te sabe a gloria.
Y comes con dos de tus mejores amigos, con uno de tus vinos preferidos en el restaurante donde trabaja ese camarero que siempre te saluda sonriente y te ofrece la mesa junto a la ventana. Y te excedes en el postre, pero no pasa nada. Te tomas el tercer café del día mientras disfrutas las últimas anécdotas de tus ligeramente embriagados compañeros de mesa. Y se van y te vas, con la sensación de fortuna de tenerlos.
Y llega la tarde y la noche y te miras al espejo y te encuentras contigo.
Y te das una ducha con gel de coco, y te recreas con el agua caliente y te secas con las toallas que aún huelen a recién lavadas y te vistes y te peinas, y te miras al espejo y te enamoras de ti.
Y sales a la calle y cruzas con el muñeco del semáforo en rojo y te encuentras con ese alguien que te despierta un no se qué y te saluda y te da dos besos con sabor a poco y te vas y sonríes.
Y llegas a tu trabajo y te dan los buenos días, te recuerdan la reunión de la una y que ha llamado un tal Sr. Martín que espera impaciente tu llamada. Y le llamas, y te dice exactamente lo que hacía meses esperabas oír de su viva voz. Y te paseas por la oficina con un café descafetado que te sabe a gloria.
Y comes con dos de tus mejores amigos, con uno de tus vinos preferidos en el restaurante donde trabaja ese camarero que siempre te saluda sonriente y te ofrece la mesa junto a la ventana. Y te excedes en el postre, pero no pasa nada. Te tomas el tercer café del día mientras disfrutas las últimas anécdotas de tus ligeramente embriagados compañeros de mesa. Y se van y te vas, con la sensación de fortuna de tenerlos.
Y llega la tarde y la noche y te miras al espejo y te encuentras contigo.
