De pronto vas y tienes un buen día

Y te levantas por la mañana, y desayunas una tostada con miel y virutas de ginseng con un zumo de mandarina y un café con leche.
Y te das una ducha con gel de coco, y te recreas con el agua caliente y te secas con las toallas que aún huelen a recién lavadas y te vistes y te peinas, y te miras al espejo y te enamoras de ti.
Y sales a la calle y cruzas con el muñeco del semáforo en rojo y te encuentras con ese alguien que te despierta un no se qué y te saluda y te da dos besos con sabor a poco y te vas y sonríes.
Y llegas a tu trabajo y te dan los buenos días, te recuerdan la reunión de la una y que ha llamado un tal Sr. Martín que espera impaciente tu llamada. Y le llamas, y te dice exactamente lo que hacía meses esperabas oír de su viva voz. Y te paseas por la oficina con un café descafetado que te sabe a gloria.
Y comes con dos de tus mejores amigos, con uno de tus vinos preferidos en el restaurante donde trabaja ese camarero que siempre te saluda sonriente y te ofrece la mesa junto a la ventana. Y te excedes en el postre, pero no pasa nada. Te tomas el tercer café del día mientras disfrutas las últimas anécdotas de tus ligeramente embriagados compañeros de mesa. Y se van y te vas, con la sensación de fortuna de tenerlos.
Y llega la tarde y la noche y te miras al espejo y te encuentras contigo.

El Altísimo Precio de la Libertad



Siempre es lo mismo, una y otra vez el corazón se relaja y se dilata para recibir su dulcísima y sincerísima sonrisa de eterno niño a mis ojos protectores, para pocos segundos después, días para algunos, encogerse y casi estrangularse con la angustia de perder durante siglos, semanas para otros, la alegría de su mal despertar y la ternura de su torpeza con todo lo ajeno a su entorno.

El camino de regreso, sola y libre, se hace infinito y lleno de dudas que me obligan a plantearme el precio de mi libertad: la soledad.


Dolores

Cómo duele tu ausencia, tu desgana y tu apatía. Cómo duele la sinceridad vaga a falta de mentiras despiadadas. Cómo duele verte escapar mientras ocupas tu lado de la cama. Como duelen los ojos cerrados, los suspiros desenamorados, el ánimo desanimado y la ilusión desilusionada. Cómo duele la soga imaginaria que trazan tus alas. Cómo duele el amor por contrato y la devoción al (re)trato. Cómo duele, amor mío, que no te duela.