Diagnóstico de poetisa

Le costaba reconocerse a sí misma que estaba más nerviosa de lo habitual, aunque habitualmente estaba nerviosa, pero ésta era una sensación diferente. No eran nervios de gritar y pegar un golpe en la mesa, eran más bien de los que recorren el cuerpo haciéndote temblar de pánico.

-Pase, por favor- le sugirió la mujer de recepción. Frase que repitió en su mente tantas veces como le fue posible hasta el momento en el que, por fin, estuvo sentada frente al hombre que iba a decidir su futuro. Una sonrisa por parte de éste sirvió para relajar el ambiente, aunque no para disminuir el pánico de la expectante y angustiada interlocutora.

Tan sólo unos minutos después, ella salía por la doble puerta de aquel despacho orientado al sur y con vistas al mar, en el que no había pronunciado ni una sola palabra. Demasiada información para alguien que necesita media hora para decidir el menú en un restaurante de comida rápida. Algo menos le costó darse la vuelta y con la mirada fija en los ojos de aquel hombre pronunciar su sentencia: -No es el cáncer lo que va ha matarme. Yo, voy a morir de amor-.

Yo mando

Hey, ¿Qué tal? ¿Bien? No sé para qué pregunto, sé perfectamente que estás hecho una mierda, que eres un infeliz, un cobarde sin coraje.
Sabía que ibas a terminar así, yo te avisaba, pero no me hacías caso. Te empeñabas en seguir con tu ritmo a pesar de las taquicardias, del insomnio… ¿Acaso te crees inmortal?
Mírate ahí tumbado lleno de cables y alimentándote de pastillas de colores. No eres más que un pedazo de carne inconsciente, más preocupado por mantener sus temores que por superarlos. Si ya sé que las huellas de la vida te marcan, pero no te olvides que aquí quien manda soy yo.
Los riesgos que asumes son porque yo te lo permito, yo decido si llamas a esa chica ó no, si vas a la montaña ó a la playa. También me he encargado de que no quieras volver a esquiar tras aquel torpe accidente, en el que casi perdemos la vida. No te olvides que no eres más que la manifestación virtual de mis órdenes.
¿Sabes por qué se te revuelve el estómago cada vez que entras a un herbolario ó por qué tienes claustrofobia? Porque cuando tenías tres años pillaste a tu padre violando a tu hermana en el herbolario de tus abuelos, y él solía encerrarte a oscuras en la trastienda mientras se encargaba de arruinar la vida a su hija. Si ya sé que no te acuerdas, he evitado por todos los medios que vivas entre pesadillas, pero no ha sido fácil.
Te empeñas en no hacerme caso cuando yo soy quien manda. Soy quien decide el noventa por ciento de tus actos. Soy tu subconsciente.

Que os den por el culo

Tenía dieciocho años cuando paseando por una céntrica calle de Madrid le confesé a mi madre que no pensaba añadir a nadie más a mi lista de personas queridas, porque querer era muy duro y desgastaba demasiado.

Afortunadamente no cumplí mi palabra, y eso me ha servido para comprender que estaba equivocada, que estaba confundiendo el querer con pretender la felicidad de las personas a las que quería. Y esto visto así no suena mal, el problema es cuando alguna de estas personas decide tomar un camino que con toda seguridad tiene un mal final y te obliga a presenciar como hunde y destroza su vida, sin que te permita hacer más que convertirte en la victima de sus necesidades.

Pues bien, mi tiempo como espectadora ha terminado. Cada uno es libre de tomar las decisiones oportunas al igual que yo también lo soy y he decidido que os den por culo. A ti que te gusta tanto ponerte hasta arriba de cocaína y eres capaz de vender hasta a tu madre, que te den. A ti que has destrozado tu vida porque el trabajo no es para ti mientras te burlabas de quien luchaba, que te den también. A ti que has hecho de tu vida una maleta que me has colgado sin permiso, que te den muchísimo por el culo.

Que os den a todos los que fingiendo tener muy buenas intenciones hacéis del amor una enfermedad mortal.

Personalidades dependientes o “Los chupatalentos”

Resulta realmente fácil identificar a un cocainómano o a un ludópata. Ambos adictos: el primero a una sustancia y el segundo a una conducta. Mucho más complejo resulta identificar al adicto chupatalentos.

El chupatalentos es un individuo dependiente, necesita estar enganchado a alguien. Esta es la principal característica de su adicción y a su vez la gran diferencia con el resto de patologías adictivas.

Éste, de personalidad inmadura, irritable y poco flexible, presume de madurez, tolerancia y flexibilidad. Generalmente carecen de creatividad, sentido del humor, generosidad y son poco resolutivos en las situaciones cotidianas. Por eso necesitan una personalidad cercana a la que “chupar” estas características.

El chupatalentos, gran manipulador como la mayoría de adictos, se hará valer de cualquier excusa para su beneficio propio. Pase lo que pase él siempre habrá conseguido algo que meter en su “saco”: desde una expresión hasta una afición. Todo vale.

Es importante dejar claro que el chupatalentos suele ser consciente de sus limitaciones al igual que lo es de su adicción a la persona portatalentos, lo que le genera una mezcla de sentimientos entre amor y odio hacia ésta última. Amor por la admiración y odio por ser el reflejo de sus carencias.

Como consecuencia de las necesidades del chupatalentos se creará una relación del tipo sanguijuela* entre él y la persona portatalentos, siendo esta última la mayor perjudicada.

El chupatalentos puede vestirse de amigo, pareja sentimental, compañero de trabajo, etc… Una vez identificado será imprescindible darle a cuentagotas la dosis de talento que demanda, para evitar una dependencia peligrosa y desmedida que pueda llegar, incluso, a la obsesión.



* Relación unidireccional compuesta por dos miembros en la que uno de ellos se alimenta intelectualmente del otro, sin aportar nada y agotando la energía de su compañero.