La piel del piano



Sus manos daban vida a un viejo piano cada tarde en un tugurio a las afueras de la ciudad.

Me gustaba ir a verle siempre que mis obligaciones de anacoreta me lo permitían. Jugaba a seguir con la mirada cada movimiento de sus dedos. Nunca lo conseguí, eran demasiado rápidos para mi mirada cansada.

No tenía las típicas manos de pianista, sus dedos eran demasiado cortos para serlo, pero eso no le restaba elegancia en absoluto. Su piel era blanca y delicada, casi podía verse como la sangre fluía por el interior de sus marcadas venas verdes. -¡Tengo sangre azul!- decía, cada vez que alguien hacía alusión a lo siniestro de aquellas ramificaciones que recorrían sus manos transportando mucho más que sangre, llevando en ellas la pasión que derrochaba sobre la maltrecha dentadura de aquel Bechstein.

Sus manos eran su historia. Tenía una cicatriz que se asemejaba a un violín en el dedo corazón de la mano izquierda, entre la primera y la segunda falange, que se hizo un día mientras reparaba una pata de su piano, aunque él nunca reconoció el verdadero origen, afirmando con solemnidad que su cicatriz fue fruto de un desamor con una violinista que tocaba en la Orquesta Sinfónica de Madison, y que tras descubrir que ella le engañaba con un guitarrista que tocaba en el metro, decidió marcarse para recordar que las violinistas no eran de fiar.

Su vida giraba en torno a sus manos. Acariciar los objetos era su forma de darles valor. De hacerlos suyos. Reconozco que a veces sentía celos de la dedicación que ponía en todo lo que tocaba, era como si nunca dejara de tocar el piano, como si tuviera la necesidad vital de revivir lo inerte. Aunque esta era mi salvación porque cada noche daba vida a mi piel en una cama, a las afueras del mundo.

Españoles, Franco ha resucitado y vive en Cataluña

Esto es lo que sucede en Aldees Infantils SOS de Catalunya cuando alguien quiere hacer voluntariado y pide la información en castellano:


Apreciada Vanessa,

Entiendo que Vd. Debe llevar poco tiempo viviendo en Cataluña y que tenga dificultades para hablar en catalán, pero me sorprende que no pueda entender una información escrita.

No es imprescindible hablar en catalán para según que tareas voluntarias, aunque sí, cuando se trata de impartir clases de repaso.

Sería interesante para Vd. poder entender el catalán porque así se hallaría en mejores condiciones para desenvolverse en la sociedad que le ha recibido y le acoge.

Entiendo que Vd. todavía necesita un tiempo más para hacer una adaptación suficiente a la tierra que ha escogido para vivir. Emigrar no es fácil y adaptarse a una nueva realidad es una tarea que lleva tiempo, ya que según el Dr. Josefa Atxotegui*, que trabaja ayudando a personas inmigrantes, hay que poder superar el “Síndrome de Ulises” y elaborar 7 duelos.

Ayudar a niños que provienen de familias desestructuradas requiere unas determinadas condiciones personales.

Espero que cuando se halle bien ubicada, podamos contar con su colaboración.

Afectuosamente,

Josefina López
Responsable del Voluntariat
Centre de Programes Socials
Aldees Infantils SOS de Catalunya
C. Ausiàs Marc, 19, Pral. 2a.
08010 Barcelona
Tel.: 93 317 08 97
Fax: 93 317 08 93
trobada@aldeesinfantils.org
www.aldeasinfantiles.es

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Joseba Achótegui

Estúpida Cortesía

-¿Me permites que te ame durante el resto de mi vida?- Dijo el loco inconsciente y enamorado.

Por aquel entonces yo estaba muy lejos de “permitir” que nadie me amara. Mis prioridades se centraban principalmente en vivir y disfrutar de mi recién estrenada libertad, tras una tortuosa relación de veintitrés años con mis padres. Necesitaba sentir como un desconocido me gritaba lo buena que era en la cama o despertarme a las seis de la tarde con una resaca de mil demonios. Todas las sensaciones se me quedaban cortas. El tiempo se me escurría entre las manos y a veces, en los pocos momentos de consciencia, me horrorizaba sentir que mi vida se había convertido en algo rutinario. Incluso los excesos pueden convertirse en una monotonía insoportable.

La vida pasaba e iba dejando huellas en mi piel y en mi resquebrajado espíritu. Nunca olvidaré aquella noche que, con más copas que deseo, decidí desaparecer con un tipo que me había invitado a las tres últimas y terminé suplicando que me dejara, cuando sacó de su bolsillo derecho de la chaqueta de cuero una navaja con la que pretendía cortar uno de mis pezones para comérselo después. La realidad puede superar a la ficción, no hay duda de esto, como tampoco la hay de que la vida da giros inesperados.

No recuerdo exactamente que hora era, en cambio estoy completamente segura que era un jueves dieciocho de julio. Hacía un calor horrible y me preparé un café con hielo para refrescarme mientras leía a Bukowski, cuando el estridente sonido del teléfono cambió mis planes. Era Arturo, aquel loco e inconsciente enamorado que años antes me pedía permiso para amarme durante el resto de su vida. Reconozco que al principio me costó adivinar de quién era aquella voz masculina, pero volvió a pedirme permiso y eso le delató. Esta vez se trataba de algo muy diferente. Quería pasar una noche conmigo. La verdad es que no me sorprendió, me lo habían dicho muchas veces, la única diferencia es que él era más educado a la hora de formular su petición.

Nos vimos esa misma tarde.

Entre risas nerviosas y silencios infinitos me contó como le había ido la vida. No había tenido más suerte que yo. Él también había malgastado su tiempo. Había fracasado en su intento de ser casi feliz. Dos divorcios, tres hijos a los que no veía y un gato voyeur, resumía su situación actual.
Cuando terminó de contarme su historia y tras una pausa para encenderse un cigarrillo y tomar el último sorbo de su café, me dijo que necesitaba olvidarme y se le había ocurrido que teniéndome físicamente dejaría de idealizarme y eso le daría una oportunidad para ser casi feliz, ya que la experiencia le había enseñado que los sueños dejan de serlo cuando se materializan.

Pasamos aquella noche juntos y hubo de todo menos sexo. Pero lo recuperamos en los siguientes diecisiete años. Ayer fue su funeral y no me dio tiempo a pedirle permiso para amarle el resto de mi vida.

Autobiografía

Nací, crecí y ahora espero una llama(da).

Huellas

Descalza entre la dulcísima penumbra de tu sueño, salvando el insalvable obstáculo de tu devoradora mirada, huyo de la cadena perpetúa de tu piel.

Cuento con el agotamiento de Ares tras la conquista y sorteo el silencio de la noche con un sigilo más propio de un huidizo asesino que de una Afrodita recién bañada en espuma.

Finalmente lo consigo y escapo de las fauces de tus garras que nublan y anulan mi razón, convirtiéndome en el frágil resultado de tus deseos.

Lejos, escondida y aterrada te rezo día y noche para que no encuentres mis huellas.

Futuro retrospectivo

¿Te acuerdas, mi vida, de cuando los niños eran pequeños? Cómo ha pasado el tiempo. Parece que fue ayer cuando sonaba el despertador a las siente en punto de la mañana y había que despertarlos. Marta era tan retozona. En cambio Alberto y Laura empezaban a jugar antes, incluso, de desperezarse. A veces creo que mimábamos demasiado a la caprichosa de Marta. Pero era tan melosa y juguetona. A ti siempre te convencía de todo lo que se proponía. Me acuerdo de aquel verano en Cerdeña cuando se le ocurrió hacer submarinismo y terminaste vestido de buzo sin saber, tan siquiera, nadar. Qué risas nos pasábamos los cinco ¿Sabes, mi vida? A veces, no recuerdo cómo era la vida antes de ellos. Cómo éramos tú y yo antes de entregarnos a la tarea de ser padres. No me acuerdo en qué momento lo decidimos, quizá nunca lo hicimos. Alberto fue fruto de la pasión del principio y la falta de cuidado, claro, pero Laura y Marta no recuerdo en qué momento las hicimos. Laura creo que fue después de nuestra primera crisis, en la reconciliación de tu historia con la siempre fantástica y atenta secretaria para todo, de tu bufete. Pero Marta ¿cuándo hicimos a Marta? ¿Había nacido cuando tú estuviste trabajando en Londres ó la hicimos en una de tus escapadas para verme en aquella época? Ay amor, la verdad es que no soy capaz de recordarlo. Tampoco te recuerdo a ti haciendo otra cosa que ser padre, ni a mí haciendo otra cosa que cuidaros…

- ¿Acepta a Francisco García García por esposo?
- No, no acepto.